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jueves, 19 de diciembre de 2013

Canonización de Pedro Fabro, compañero de San Ignacio y colaborador de su impulso misionero

OMPRESS-ROMA (18-12-13) Desde anteayer 17 de diciembre el beato Pedro Fabro es santo. El Papa Francisco ha canonizado a uno de los primeros compañeros de San Ignacio y primer sacerdote de la Compañía de Jesús, extendiendo su culto a la Iglesia universal. Hombre de diálogo y precursor del ecumenismo, ha sido destacado por el Papa Francisco como modelo de vida y sacerdocio. Se trata de una canonización llamada “equivalente”, según la cual el Papa, por la autoridad que le compete, extiende a la iglesia universal el culto y la celebración litúrgica de un santo, una vez que se comprueban ciertas condiciones precisadas por el Papa Benedicto XIV (1675-1758). Esta praxis ya ha sido utilizada por el Papa Francisco para la canonización de la beata Ángela de Foligno el 9 de octubre pasado, y por sus predecesores Benedicto XVI, Juan Pablo II y Juan XXIII, entre otros.

Testigo de una época que vio minada la unidad de la Iglesia, aunque permaneció al margen de las disputas doctrinales, Fabro enfocó su apostolado a la reforma de la Iglesia, y se convirtió en precursor del ecumenismo. Hasta qué punto su figura es inspiradora para el Papa, se refleja en la semblanza que de Fabro hizo el mismo Papa en su entrevista concedida a la Civiltà Cattolica. En ella revelaba algunos aspectos esenciales de su figura: “El diálogo con todos, aun los más alejados y los adversarios, la piedad sencilla, una cierta ingenuidad, disponibilidad inmediata, su atento discernimiento interior, el hecho de ser una persona de grandes y fuertes decisiones y, al mismo tiempo, capaz de ser tan dulce, dulce...”.
La fisonomía de Fabro es la de un contemplativo en la acción; un hombre atraído por Cristo y apasionado por la causa de sus hermanos, experimentado en el discernimiento de espíritus, dedicado al ministerio sacerdotal con paciencia y suavidad, que se dio a sí mismo sin esperar ninguna recompensa humana. Fabro encuentra a Dios en todas las cosas y en todos los ambientes aun en los más fríos y hostiles. En su Memorial, que es uno de los documentos principales de la espiritualidad en los comienzos de la Compañía de Jesús, concibe su vida como un camino, un viaje por las diversas regiones de Europa a ejemplo de Cristo: itinerante por obediencia, siempre atento a cumplir la voluntad de Dios y no la propia.
Son los aspectos expresados y subrayados en una carta del padre Adolfo Nicolás, General de la Compañía de Jesús, dirigida a todos los jesuitas en esta misma fecha.
Pedro Fabro – Pierre Favre – nació en la Alta Saboya en 1506 y murió en Roma en 1546, cuando se dirigía a asistir al Concilio de Trento. En septiembre de 1872 fue proclamado beato por Pío IX. Murió a los 40 años, acompañado por Ignacio y fue enterrado en la Iglesia de Nuestra Señora del Camino en Roma. Cuando se erigió en el mismo lugar la Iglesia del Gesù, en 1569, sus restos, al igual que los de otros primeros jesuitas, fueron reubicados.
Hijo de pastores de la Saboya, su gran capacidad intelectual y deseos de estudiar lo llevaron hasta París, donde entró en contacto con Francisco Javier y con Ignacio de Loyola, con los que compartió habitación. Ignacio le ayudó a superar sus dudas y a crecer espiritualmente. Ordenado sacerdote en 1534, forma parte del grupo de los seis primeros compañeros de Ignacio que, ese mismo año, en Montmartre hacen votos de pobreza, castidad y de trabajar en Tierra Santa.
Fue un jesuita ejemplar en su tiempo, uno de los más brillantes intelectualmente y al mismo tiempo, humilde y dispuesto a servir y ayudar a los demás. Trabajador incansable, a lo largo de sus 40 años de vida, su actividad fue intensa y recorrió gran parte de Europa respondiendo a las misiones a las que fue enviado.